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Genial el estilo de “Colao”


Los enredos le dan chispa a esta comedia romántica dominicana dirigida por Frank Perozo.

El director Frank Perozo junto a uno de los protagonistas, Manny Pérez. (semisquare-x3)

El director Frank Perozo junto a uno de los protagonistas, Manny Pérez.

 

SAN JUAN, Puerto Rico.- Resulta extremadamente curioso que la cualidad simple del romance central de “Colao”, la agradable comedia romántica de República Dominicana que estrena hoy en Puerto Rico, sea la clave para dar espacio en pantalla tanto a sus mejores recursos como a sus debilidades más fuertes.

A pesar de tener un sentido del humor moderno y ágil, la premisa central de este filme se remonta cuando los primeros códigos oficiales de este género se formaron por primera vez a finales de los 20 cuando Hollywood se concretó como industria.

Al ser una comedia, el romance entre Antonio (Manny Pérez), un agricultor que se especializa en café, y Laura (Nashala Bogaert), una abogada que no come cuentos, no es uno imposible. Aún así los enredos vienen de una diferencia de clase social. Al comienzo del filme, el protagonista se muda del campo a la ciudad en busca de fortuna y -más que nada- amor. Mientras esto sucede, Antonio depende de la ayuda de sus primos (Raymond Pozo y Miguel Céspedes), que le consiguen trabajo como lavaplatos en la cocina de un restaurante chino.

En un descanso de su nuevo trabajo, Antonio conoce a Laura y la afición al café de ambos justifica el título del filme y abre las puertas para una conexión íntima y romántica. Pero los enredos se dan cuando el protagonista es convencido por sus primos que su status económico no es suficiente para ganar el corazón de Laura.

El desarrollo de esta trama no es mucho más complicado en pantalla que en la sinopsis de esta reseña. A pesar de esto, el guion evita caer en lo genérico inyectando la trama con escenas que muestran las propias complicaciones románticas de los primos y convirtiendo a Pozo y a Céspedes en un coro griego que se dirigen directamente al espectador.

Esos momentos de genialidad cotidiana y el toque firme y acertado de la dirección de Frank Perozo son las mejores cualidades de esta película. Sin embargo, con tanto talento frente y detrás de la cámara, la ejecución simple de este romance se siente como una oportunidad perdida.

Con solo 83 minutos de duración, el filme se hubiera beneficiado de menos montajes musicales y de dos o tres escenas más que hubieran profundizado el trabajo de Pérez y Bogaert como la pareja principal de este filme.

Por Juanma Fernández-París / Especial El Nuevo Día

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